Cuando al poeta Stéphane Mallarmé le preguntaron cuál era su flor favorita, respondió de inmediato: “La Boca”. Esta asociación entre flor y boca, que a la gente de poca imaginación le puede parecer absurda, es una constante en la buena poesía. No por casualidad, en un hermoso poema, Jorge Eduardo Eielson escribe que “la sonrisa de Leonardo es una rosa cansada”.
La boca es labios, encías, dientes, paladar, lengua. Pero también es la risa, la sonrisa, el canto, los silbos amorosos y lo fundamental: el habla. Nuestra principal fuente de comunicación.
“Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.
No por capricho, al idioma se le llama también lengua, igual que a ese músculo inquieto y sensible que florece en el interior de la boca, encargado de enaltecer la misión de los enólogos, de procurarnos placeres que merecen la más respetuosa discreción. Lo cual no implica obviar la nada discreta sacada de lengua, emblema gráfico de los Rolling Stones.
La boca es el órgano vital por excelencia. Comemos, bebemos, besamos, mordemos, lamemos, succionamos, saboreamos. Ligada indisolublemente al placer y la belleza, hay que cuidarla como a la más preciada flor del jardín de Epicuro.
En el arte de recuperar una bella boca, una risa perdida, intervienen muchos aliados: un dentista capacitado, un técnico competente y ambos con estudios permanentes. Son las condiciones necesarias para lograr la plena satisfacción del paciente. Se trata de imitar lo que la naturaleza le prodigó a la persona y que por diferentes motivos, descuido o accidente, ha ido perdiendo. Los resultados en el complejo arte de reconstruir una dentadura tienen que ser obligadamente óptimos. Cualquier imperfección, la mínima, delatará falta de naturalidad, algo imperdonable en un trabajo de esta naturaleza. La nobleza de este arte consiste en pasar desapercibido, en impedir que se note el menor artificio. Se podría decir, sin exagerar, que es el arte de lo invisible para que una nueva dentadura pueda “lucir” esplendorosa.
Actualmente, los requerimientos estéticos de la población se han vuelto más exigentes y las industrias odontológicas han ido avanzando y evolucionando con rapidez para poder satisfacer esta demanda. Cada vez hay más y mejores productos con tecnología de punta. Todo buen odontólogo siempre debe estar científicamente informado para no dejarse llevar fácilmente por lo último o más reciente, pues no siempre es garantía de ser lo mejor. La ética profesional así lo exige.
Más compleja es la ingeniería de la boca, por ser aplicada en miniatura. Ejemplo de ello son los puentes, obligadamente pequeños para que puedan cumplir con los requisitos funcionales, estéticos y fisiológicos para los que fueron creados. Se debe, al igual que en la ingeniería, saber cuáles serán sus soportes, con qué metales estarán confeccionados, qué porcelana será compatible con el metal de base, cuántos pilares podrán sostener el puente y si el pilar remanente es adecuado. Hasta el cómo cementar los más simples trabajos tiene que ver con la física y la química. Se requiere de gran paciencia y meticulosidad en muchos procedimientos de estructuras, es vital conocer de los Newtons y Joules, de palancas y fuerzas. El éxito o fracaso de tanta delicada ingeniería dependerá de esta suma de factores.
En el hecho de reconstruir una boca, para ofrecer la posibilidad de recuperar lo que se perdió en algún momento, intervienen arte, ciencia, psicología, ingeniería, pero básicamente pasión. La misma pasión que hace al narrador capaz de escribir historias que nos conmueven, al artista pintar obras admirables y al científico realizar descubrimientos notables. El único propósito de reconstruir bocas es la de mejorar la vida de las personas, para que la boca que quiera besar no escatime en el número de besos que dará. Y para que las personas no ahorren en besos y sonrisas, recordemos algunos versos de este hermoso poema de Miguel Herández:
“…
Beso en tu boca por ellos,
brindo en tu boca por tantos
que cayeron sobre el vino
de los amorosos vasos.
Hoy son recuerdos, recuerdos,
besos distantes y amarcos.
Hundo en tu boca mi vida,
oigo rumores de espacios,
y el infinito parece
que sobre mí se ha volcado.
He de volverte a besar,
he de volver, hundo, caigo,
mientras descienden los siglos
hacia los hondos barrancos
como una febril nevada
de besos y enamorados.
…”
La boca es labios, encías, dientes, paladar, lengua. Pero también es la risa, la sonrisa, el canto, los silbos amorosos y lo fundamental: el habla. Nuestra principal fuente de comunicación.
“Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.
No por capricho, al idioma se le llama también lengua, igual que a ese músculo inquieto y sensible que florece en el interior de la boca, encargado de enaltecer la misión de los enólogos, de procurarnos placeres que merecen la más respetuosa discreción. Lo cual no implica obviar la nada discreta sacada de lengua, emblema gráfico de los Rolling Stones.
La boca es el órgano vital por excelencia. Comemos, bebemos, besamos, mordemos, lamemos, succionamos, saboreamos. Ligada indisolublemente al placer y la belleza, hay que cuidarla como a la más preciada flor del jardín de Epicuro.
En el arte de recuperar una bella boca, una risa perdida, intervienen muchos aliados: un dentista capacitado, un técnico competente y ambos con estudios permanentes. Son las condiciones necesarias para lograr la plena satisfacción del paciente. Se trata de imitar lo que la naturaleza le prodigó a la persona y que por diferentes motivos, descuido o accidente, ha ido perdiendo. Los resultados en el complejo arte de reconstruir una dentadura tienen que ser obligadamente óptimos. Cualquier imperfección, la mínima, delatará falta de naturalidad, algo imperdonable en un trabajo de esta naturaleza. La nobleza de este arte consiste en pasar desapercibido, en impedir que se note el menor artificio. Se podría decir, sin exagerar, que es el arte de lo invisible para que una nueva dentadura pueda “lucir” esplendorosa.
Actualmente, los requerimientos estéticos de la población se han vuelto más exigentes y las industrias odontológicas han ido avanzando y evolucionando con rapidez para poder satisfacer esta demanda. Cada vez hay más y mejores productos con tecnología de punta. Todo buen odontólogo siempre debe estar científicamente informado para no dejarse llevar fácilmente por lo último o más reciente, pues no siempre es garantía de ser lo mejor. La ética profesional así lo exige.
Más compleja es la ingeniería de la boca, por ser aplicada en miniatura. Ejemplo de ello son los puentes, obligadamente pequeños para que puedan cumplir con los requisitos funcionales, estéticos y fisiológicos para los que fueron creados. Se debe, al igual que en la ingeniería, saber cuáles serán sus soportes, con qué metales estarán confeccionados, qué porcelana será compatible con el metal de base, cuántos pilares podrán sostener el puente y si el pilar remanente es adecuado. Hasta el cómo cementar los más simples trabajos tiene que ver con la física y la química. Se requiere de gran paciencia y meticulosidad en muchos procedimientos de estructuras, es vital conocer de los Newtons y Joules, de palancas y fuerzas. El éxito o fracaso de tanta delicada ingeniería dependerá de esta suma de factores.
En el hecho de reconstruir una boca, para ofrecer la posibilidad de recuperar lo que se perdió en algún momento, intervienen arte, ciencia, psicología, ingeniería, pero básicamente pasión. La misma pasión que hace al narrador capaz de escribir historias que nos conmueven, al artista pintar obras admirables y al científico realizar descubrimientos notables. El único propósito de reconstruir bocas es la de mejorar la vida de las personas, para que la boca que quiera besar no escatime en el número de besos que dará. Y para que las personas no ahorren en besos y sonrisas, recordemos algunos versos de este hermoso poema de Miguel Herández:
“…
Beso en tu boca por ellos,
brindo en tu boca por tantos
que cayeron sobre el vino
de los amorosos vasos.
Hoy son recuerdos, recuerdos,
besos distantes y amarcos.
Hundo en tu boca mi vida,
oigo rumores de espacios,
y el infinito parece
que sobre mí se ha volcado.
He de volverte a besar,
he de volver, hundo, caigo,
mientras descienden los siglos
hacia los hondos barrancos
como una febril nevada
de besos y enamorados.
…”


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